Mujer de la burguesía francesa que se encuentra con Dios en una realidad en crisis y se implica en la transformación social. Toda su vida transcurre en Lyon (Francia), donde nace en 1774, funda la Congregación de Religiosas de Jesús-María en 1818 y muere en 1837. Está marcada por tres Revoluciones:

Violenta: Tiene una infancia feliz y una educación cuidada en una familia cristiana, numerosa y trabajadora. A sus 16 años se ve envuelta en la Revolución Francesa que azota Lyon con fuerza, sembrando caos, violencia y muerte. Su juventud transcurre en esa sociedad en crisis, con una iglesia perseguida y una miseria generalizada. Tras la ausencia paterna, se hace cargo de la familia, visita a sus hermanos en la cárcel y vive su fe en la clandestinidad, ayudando a los más necesitados. El terror y la angustia de asistir impotente a la ejecución de dos de sus hermanos, marcarán su vida.

Silenciosa: Antes de ser fusilados, sus hermanos perdonan a sus verdugos y le piden que, como Jesús en la Cruz, ella también los perdone. En el Crucificado y en los crucificados descubre las consecuencias del mal y la inmensa misericordia del Padre con la humanidad. Es esta experiencia de Dios la que dará un giro a su vida. La crisis interior da paso al deseo de ser misericordia y perdón para otros, de aliviar el sufrimiento de tantas criaturas abandonadas y llevarlas al conocimiento del Dios bueno. Los años transcurren en el silencio y sencillez familiar, comprometida con la parroquia y entregada cada vez más a sus pobres.

Evangélica: Dios la llama a otra revolución, para dar respuesta con varias compañeras, a las urgencias sociales: evangelizar, por la educación, a la infancia y juventud, sobre todo la más pobre. Ofrece alternativas a la violencia y al sinsentido, pone en juego capacidades, alivia carencias, acompaña procesos, cura heridas, enseña a perdonar y a trabajar, preparando a cada persona para realizar su proyecto de vida. Ella no tuvo contacto directo con la Compañía de Jesús, pues estaba suprimida, pero quiere que su Congregación, esencialmente apostólica, sea ignaciana en las líneas generales de su estructura y en su espiritualidad, que busca y encuentra a Dios en la vida. Los Ejercicios Espirituales serán esenciales para las religiosas, desde los orígenes. En el acta de Institución se lee: “habiendo adoptado la Regla de S. Agustín y las Constituciones de S. Ignacio…”. En sus votos tomará el nombre de María de San Ignacio.

Esta experiencia del Dios de la vida que se estremece ante el dolor de sus criaturas, es la que nos mueve a seguir haciendo realidad su sueño hoy, también época de crisis. Para ello encontramos en la espiritualidad ignaciana, característica de nuestra Congregación, inspiración y alimento.

María Campillo RJM