De los ejercicios espirituales de S. Ignacio –el mes de EE- se han dicho infinidad de cosas, pero la mayoría coincide cuando se trata de concentrar –a modo de síntesis- lo esencial de dichos Ejercicios. Una de las expresiones que encierran uno de los rasgos esenciales es la de que” los EE son una escuela de amor” o -¡un diálogo entre dos corazones!- y como en toda escuela el discípulo aprende a descubrir las sendas que nos ponen en contacto con el amor de Dios, escuela cuyo maestro, en este caso, es el mismo Jesús.

Uno de los momentos fuertes y más cálidos de los EE es el primer coloquio que Ignacio aconseja hacer al ejercitante ante el  Cristo en cruz aludiendo a cómo ese coloquio-diálogo ha de hacerse en clave de amistad –“así como un amigo habla a otro”- y de reconocimiento de Jesús como Señor –“¡o un siervo a su Señor!”- (Ej 54). No se trata de una charla entre amiguetes, y por lo tanto  intrascendente, sino en un diálogo en el que se toca fondo en  aquello que es lo más característico tanto de Jesús como nuestro, el amor, -en nosotros todavía como deseo y en Jesús hecho ya realidad en su entrega total hasta la muerte en cruz-.

Este primer coloquio constituye, así, la mejor pista de salida para continuar los ejercicios, pues la experiencia del pecado queda asumida en la de la misericordia de Dios dejando  el corazón puesto a punto para seguir el camino que Jesús –Amigo y Señor- le vaya mostrando en los días sucesivos. Sin duda alguna, la dinámica del amor que atravesará el resto de los ejercicios el ejercitante tendrá que aprender a interiorizarla cada vez más, a estar más y más disponible para encontrar la voluntad para él y desde ella irla traduciendo  en servicio. El camino será largo, pero merecerá la pena si el ejercitante va encontrando la llave de su futuro y el modo concreto de llenarlo de sentido “al modo ignaciano”.

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