“Mirar el oficio de consolar, que Cristo nuestro Señor trae, y comparando cómo unos amigos suelen consolar a otros” (Ejercicios 224).

María Magdalena es signo de la humanidad que vaga y llora perdida, enamorada, ausente, por un jardín de tumbas. Ella representa a quienes buscan redención de amor y de consuelo sobre el mundo. Llora, derrotada e impotente sobre el huerto de una vida convertida en sepultura; pero es  mujer enamorada, y desde el fondo de su amor halla la vida. No escapa como el resto (cf. Mc 14,27), sino que permanece, llorando y deseando el  don de Dios, amor del mundo, ante una tumba. Busca apasionada a su amigo, muerto y enterrado, en el jardín del viejo mundo…

Esta María puede estar loca, pero lo está como los grandes amantes de la historia: como tantas personas que recuerdan a su amado y quedan fijados para siempre en actitud de llanto. Llorar por el amigo muerto: ésta es la meta del amor del mundo. Magdalena sólo quiere amor, pero en el huerto de las muertes necesita al menos el cadáver de su amado muerto. Por eso dice al presunto jardinero: «Dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré» (Jn 20,15). No se puede pedir más, pues aquí acaban todos los caminos de la tierra. Pero la aurora de la pascua empieza precisamente ahora, con su voz más alta de consuelo, con su amor transfigurado. En vez del jardinero, está el amante; en vez del cadáver, el amigo vivo que llama, consolando…

Ella buscaba el cadáver del amigo, para morir de esa manera en amor acompañado; pero Jesús le ofrece su voz viva, diciéndole su nombre (¡María!) y ofreciéndole el cuerpo amante que ella puede tocar y retocar, acariciar y gozar hasta calmarse. Éste es el mayor de todos los consuelos: que alguien nos llame y diga nuestro nombre, devolviéndonos la vida; que podamos tocar y descubrirnos vivos en el cuerpo del que vive. Magdalena revive para el gozo ante el amigo pascual que la llama y deja que le toque. Por eso quiere eternizar el gesto: estaría bien toda la vida, en unión sorprendida, en donación de corazones. Nada busca, ya no necesita cosa alguna, tiene lo que quiere, pues la pascua es relación de amor con el amado, tiempo de dicha, ojos que se miran, voces que dialogan, manos que tocan. Pero Jesús, gozado ya el encuentro, consolada Magdalena, le responde y dice: ¡Vete! ¡No me toques!, no me sigas agarrando. Jesús se ha dejado tocar y querer, en gozo pascual que comienza a celebrarse ya en el mundo. Pero quiere después que Magdalena, amiga consolada, expanda por la tierra el gozo transformado de su pascua. Sólo una mujer (una persona) como ella, que ha sentido y gozado a Jesús, puede decir a los humanos la palabra de la pascua: «¡Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios!».

Magdalena es la primera amante de la historia cristiana, la primera teóloga de la iglesia. Quien haya amado sabrá que su experiencia y su consuelo son verdaderos. Para saborear su aventura humana y espiritual, puede ayudar el libro de Pedro Miguel Lamet, No sé cómo amarte: cartas de María Magdalena a Jesús de Nazaret, Mensajero, Bilbao 2016. Más información