Al comienzo de la autobiografía de San Ignacio, encontramos un detalle entrañable e inspirador. Su conversión ha comenzado, pero no está recuperado, y no puede emprender aún su peregrinación. Nos cuenta que “la mayor consolación que recebía era mirar el cielo y las estrellas, lo cual hacía muchas veces y por mucho espacio, porque con aquello sentía en sí un muy grande esfuerzo para servir a nuestro Señor”.

El cielo y las estrellas parecen hablarnos de Dios. A Abraham, por ejemplo, le hablan de las promesas de Dios, que superan todos nuestros cálculos y expectativas (Gn 15, 5). El Salmo 8 recoge una exclamación de sobrecogimiento, que descubre al mismo tiempo la propia pequeñez y la majestuosidad de la creación, que hace intuir la del Creador. Por su parte, en el libro de la Sabiduría (capítulo 13), el autor reivindica la actitud del auténtico creyente, que sabe leer la presencia de Dios en la belleza de lo creado, frente a aquellos que se quedan en el culto a los fenómenos naturales.

Estas notas nos pueden ayudar a releer la adoración de los magos de Oriente. Ellos representan de alguna forma a esa cultura pagana, que mira con interés al cielo y los astros, tratando de descifrar en él los misterios del mundo. Los magos seguían a una estrella, que va a posarse sobre el lugar donde estaba el Niño. Vemos en ella un signo de la misericordia de Dios, que alcanza a todos los pueblos, y que deja su huella en todas las cosas. Al llegar, aún les queda una etapa de su viaje. Es la que lleva de mirar al cielo a postrarse en tierra para adorar al Hijo de Dios. Es el camino que lleva desde las intuiciones del infinito al compromiso y la entrega personal.

Desde los días de Ignacio hasta hoy, nuestra percepción del cielo ha cambiado mucho. El Universo es tan grande que no podemos medir su tamaño, y además sigue expandiéndose. También hemos descubierto una enorme riqueza y variedad de astros, con infinidad de tipos de estrellas, nebulosas, galaxias, …

La exploración del espacio también nos ha hecho mirar nuestro propio planeta de forma diferente. Descubrimos que no es el centro del Universo, sino una mota de polvo en el océano galáctico. Las fotografías de la Tierra tomadas desde fuera quizás nos invitar a recuperar aquella contemplación de los Ejercicios Espirituales, en que miramos junto a la Trinidad la “grande capacidad y redondez del mundo, en la cual hay tanta diversidad de gentes” [101-102].

Ojalá que mirando esta inmensidad del cielo, y los tesoros que contiene, nos atrevamos a imaginar lo grande que es el amor de Dios, que es siempre mayor. Ojalá que calculando las distancias del Universo, nos demos cuenta de lo infinitamente cerca que estamos unos de otros.

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