Nacido en 1506 en el castillo de Javier (Navarra), encontramos en Javier la quintaesencia de la “espiritualidad ignaciana” hasta tal punto que el P. Arrupe llegó a decir de él que era el modelo ideal de todo jesuita. Sin duda ello se debe a la fuerte impronta que Ignacio fue dejando en él desde sus largos encuentros como estudiantes en París donde pasan –no sin dificultades- de un instintivo rechazo por parte de Javier a una amistad profunda que durará hasta el final de sus vidas (¡Amigos para siempre!).

Javier gozaba de unas cualidades humanas extraordinarias que le permitían triunfar en muchos campos de su vida juvenil: atractivo, inteligente, atleta, simpático, y con grandes aspiraciones de llegar a ser algo importante en el estamento sacerdotal… Pero Ignacio ve en él –ya desde el comienzo- a un joven capaz de entregarlo todo por Cristo. De ahí que cuando Javier cede –después de muchas resistencias- a hacer el mes de Ejercicios de la mano de Ignacio empiece a ser esa otra persona que Ignacio esperaba de él. Una persona convertida por entero a Cristo y dispuesta a todo por él.

Después de muchas peripecias, una vez en Roma y recién fundada la Compañía de Jesús, Ignacio envía a Javier a las Indias a sembrar el mensaje del evangelio, y es en esta misión donde pone a punto todos los recursos que Ignacio le había inculcado en su interior, destacando entre otros la obediencia y disponibilidad total para ir a cualquier pate del mundo, la entrega generosa y desinteresada, la capacidad de arriesgar hasta su propia vida envuelta en mil peligros, su gran capacidad para soportar la soledad, su amor apasionado a Jesucristo, a la Iglesia y a sus primeros compañeros jesuitas, su gran capacidad para encontrar a Dios en todos las cosas, y su aceptación de los procesos de purificación y de noches oscuras a las que Dios le fue sometiendo… Por todo ello, no es extraño que se le represente con una llama de fuego brotando de su corazón, fuego que simboliza su amor a Dios y en Él a tantas miles de gentes –ricas o miserables- con las que compartió su misión. Y así, solo por amor, se puede morir extenuado en plena madurez de la vida, a los 46 años, contemplando el gran continente chino, al que ya acariciaba en sus sueños.

Todo ello le valió el ser posteriormente nombrado “patrono de las misiones” y en el contexto indio -sobre todo en Goa donde está enterrado- se le diera el título de “Señor de Goa”, el título más grande que podría concederse a un extranjero. Querido, admirado y seguido en todo el mundo, nos ha dejado en nuestras tierras la ya tradicional estela de las “Javieradas” en las que miles y miles de personas y sobre todo de jóvenes, le siguen mostrando su cariño y admiración. Y desde otro tipo de influjo nos queda también, como testimonio de su ser y sentir, junto a otros escritos, sus 108 cartas, de gran valor histórico y testimonial.

Albino García SJ

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