“Ser señor de sí” es una máxima ignaciana que hace referencia al deseo de actuar siempre con una libertad plena, sin esclavitudes conscientes ni semiconscientes que consigan, en la práctica, maniatarla. Es la expresión y la consecuencia de no dejarse determinar en ningún momento por las afecciones desordenadas, ni dejarse arrastrar en lo cotidiano por los apetitos o atracciones instintivas. Consecuentemente, ser señor de sí significa responder plenamente de uno mismo en los momentos decisivos de la vida, y así poder encaminarse hacia donde uno quiere y desea verdaderamente ir, sin dejar que las repugnancias y los bloqueos, que pudieran aparecer en los pasos intermedios del proceso, consigan impedirlo.

Ser señor de sí es, por eso, la expresión más perfecta de una libertad plena; es decir, liberada de ataduras. Porque, en realidad, ¿acaso puede uno creer que es libre cuando acepta en su vida cualquier tipo de adicciones no deseadas o no consigue frenar la búsqueda compulsiva de compensaciones para sus frustraciones y vacíos? ¿Se puede llamar libertad la que ha dejado desordenada la propia sensibilidad, y ha permitido así que permanezcan ocultas las esclavitudes que la bloquean? Ser verdaderamente libre es el resultado de poner la máxima atención para desenmascarar las ataduras y los autoengaños que, con tanta frecuencia, resultan opacos a nuestros exámenes más superficiales.

San Ignacio utiliza esta expresión literal sólo en las “reglas para ordenarse en el comer” [Ej 216], pero el concepto es recurrente a lo largo de todos sus escritos. Para ser señor de sí es por lo que hay que saber renunciar (“hacernos indiferentes”) a todas las cosas que no son lo fundamental. A ese objetivo apuntan las meditaciones ignacianas más características: las Banderas, los Binarios y las Maneras de Humildad.

Si queremos “hacernos indiferentes” es para que la búsqueda de la libertad no se apoye ya en la ascética, sino en la mística. El camino que propone San Ignacio para liberarnos de las esclavitudes inconscientes no se plantea como fruto de un esfuerzo desmesurado, sino que pasa por entusiasmarnos afectivamente con un Jesús que muestra ser señor de sí en su vida y, más todavía, en su pasión. Por eso, los Ejercicios ignacianos, empeñados con determinación en fomentar la identificación afectiva con Jesús, son un medio eficaz para liberarnos de nuestras ataduras indeseadas y devolvernos así el señorío real sobre nosotros mismos.

Antonio T. Guillén SJ

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