Nombrar a san Ignacio evoca, inmediatamente, su libro de los Ejercicios Espirituales y al contrario, nombrar el libro de los Ejercicios evoca, inmediatamente, a San Ignacio. De ahí que la simbiosis sea perfecta. Y eso porque el libro de los Ejercicios no lo escribió de una vez, en algún momento concreto de su vida, sino que lo fue componiendo, poco a poco, al hilo de su propia experiencia. En él va recogiendo todo aquello que a él le ayudó en su proceso de conversión y de búsqueda de Dios y en su experiencia al darlos a otros y ver los frutos que producía en ellos.

Así, el libro de los Ejercicios ha ido siguiendo las misma etapas y las mismas peripecias que él vivió desde su conversión profunda en Manresa (1522), pasando por Barcelona, Alcalá de Henares, Salamanca, París, hasta llegar a Roma y una vez fundada la Compañía de Jesús (1540) conseguir en 1548 la aprobación  laudatoria del libro por el Papa Paulo III.

Desde entonces, el libro ha servido de directorio o guía a miles y miles de jesuitas –desde los comienzos hasta hoy- y han sido ya millones y millones de personas –de toda clase y condición- las que los han hecho y siguen haciendo cada año en sus variadas modalidades o adaptaciones (de mes, de ocho o cinco días, en retiro, en la vida diaria, etc.). Desde los comienzos ha sido el instrumento apostólico más importante de los jesuitas a través del cual muchas personas que no lo son se han ido empapando de la que se llamada espiritualidad ignaciana cuyo secreto más profunda se encierra en este libro. Como dato estadístico significativo hay que decir que los jesuitas tienen actualmente en el mundo más de doscientas Casas o Centros de espiritualidad en las que se ofrecen, fundamentalmente, los Ejercicios espirituales.

Todo lo dicho, nos lleva  a preguntarnos por qué un libro, aparentemente tan poco atrayente, ha dinamizado espiritualmente a tantas y tantas personas de culturas y lenguas tan diversas. Su originalidad tal vez no esté tanto en la meta hacia la que apunta –hacia una introducción en el misterio de Dios con las correspondientes actitudes que desencadena en el ejercitante- sino en el método o camino que Ignacio diseña con toda precisión para adentrarse en esa experiencia, uniendo así el “para qué” y el “cómo”, los dos polos de la experiencia cristiana.

En nuestro días, en que tanto se habla de la pérdida de la trascendencia, de la desaparición de un mapa que nos guíe hacia Dios, o donde todo se deja a la espontaneidad subjetiva de cada persona, los Ejercicios siguen siendo una ayuda extraordinaria no solo para sensibilizarse y abrirse hacia horizontes últimos de sentido, sino también para recorrer el camino que nos lleva hacia ellos.

Albino García SJ