En el argot cristiano se nos hace muy familiar y significativa la palabra “caridad” como actitud fundamental de la propia experiencia cristiana. De ahí que se convierta en el culmen de la misma. Pero Ignacio, fiel a sí mismo, y terco en cuanto a los objetivos que se propone y los medios para conseguirlos, añade, junto al objetivo indudable de la “Caritas” la herramienta imprescindible del adjetivo “indiscreta”, no vaya a ser que por fijarnos solo en el objetivo perdamos de vista el modo de llevarlo a cabo en plenitud, o bien por exceso -caridad indiscreta- o bien por defecto -abandonando el reto de las cosas bien hechas-.

La expresión “discreta caritas” no se formula explícitamente en los Ejercicios, sin embargo es fundamental en las Constituciones y otros escritos de Ignacio (Cartas, Diario espiritual…). Lo más sugerente de esta expresión es que pretende unir –sin fundir-  dos polos o dos cabos que con frecuencia suelen andar sueltos, cada uno por su lado. Pero dado el modo como Ignacio suele enfocar las cosas, su pericia está en unificar ambos, permitiendo que cada miembro ilumine plenamente al otro y así se pueda decir con toda verdad que no hay caridad sin discreción ni discreción sin caridad. ¿Se nos complican así las cosas? Sin duda, pero merece la pena intentarlo.

Los dos presupuestos quedan bien reflejados en la siguiente frase de las Constituciones de la Compañía de Jesús: “La caridad y discreción del Espíritu Santo mostrará el modo que se debe tener” (219), bien a la hora de tomar un decisión personal, o bien en el momento en que el superior o gobernante tenga que formular alguna orden. De ahí que la discreción no equivalga fundamentalmente a “moderación” sino a aquello que cualifica a la caridad como iluminación. Si las cosas las iluminamos solo desde nosotros mismos, se suele apagar la luz, pero si las ponemos a la luz de Dios se nos aparecerá la iluminación del camino o de la opción que queramos tomar, conscientes de que es el mejor modo de reconocer y hacer su voluntad.

La “discreta caritas” es, mucho más, una experiencia mística iluminadora de toda realidad que una especie de acertijo a través del cual me propongo descubrir lo que Dios quiere de mí. Es la mejor manera de formular la docilidad plena a la voluntad de Dios que toda persona que se considere maduramente cristiana tiene que encarnar en su vida, no solo en momentos puntuales sino siempre.

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